FLORES DE BACH: LA MUJER CHICORY Y SU QUEJA HISTÉRICA - GABRIELA RICCIARDELLI

Chicory (Chicorium Intybus) es una de las ‘Flores de Bach’ que se utiliza en personas que se preocupan en exceso por el bienestar de sus seres queridos, controlándolos, manipulándolos y hasta extorsionándolos -si fuera necesario- con tal de no perder su amor por miedo a la soledad. Aplican todos los artilugios y tácticas posibles, incluso hasta victimizarse, con el fin de obtener lo que desean, es decir, al otro. Todo gira en torno a ese propósito: buscar un amo, seducirlo, para luego dominarlo y someterlo, no sea cuestión que después de todo lo que llevó a cabo para retenerlo terminen por dejarla. 

Lo que Chicory da, siempre vale mucho más que lo que recibe. Se apropia de la identidad del otro, por ello necesita poseerlo y envolverlo en una burbuja. Chicory monopoliza el tiempo de su hombre, es locuaz, habla rápidamente y sin interrupción, cansando con su verborragia, siempre desvía la conversación a temas de su propio interés, exige o pretende  que la escuchen y que escuchen con atención su disperso e insistente parloteo lleno de argumentos retóricos y de escasos fundamentos. Se impone por la insistencia de su discurso, reforzado con gestos y profiriendo gran cantidad de falacias.

Todo discurso se sostiene sólo por una posición de goce, el discurso histérico de Chicory está ordenado y sostenido por el goce específico de la falta, el deseo de un deseo insatisfecho. Para ella nada es suficiente, nunca está conforme, piensa que le tocó lo peor. Por eso se encuentra siempre en una posición acreedora, quiere que le den sin hacer nada. Elude su propia falta, supone desde su orgullo y supuesta completud que no le debe nada a nadie; sino que todos le deben a ella por su “gran amor”.  Por supuesto, no ve al otro completo, sino que considera que está ‘agujereado’ desde el principio y averigua qué le gusta para seducirlo y comprobar si puede ocupar ese lugar, busca un amo para dominarlo, para hacerlo desear, para someterlo al poder de sus palabras. Le importa el deseo de ser deseo. Se encuentra en la incapacidad total de desear si el otro no expresa un deseo que haga de soporte al suyo, luego se empeña en destruir el deseo del otro. No accede al deseo sino por el rodeo de la identificación imaginaria con el otro. Ella no puede desear sino el objeto del deseo del otro, lo que desencadenará una agresividad sin límites hacia el semejante que “le oculta cosas”. Su narcisismo la obliga a aparentar,  a exhibirse. Bajo la fachada de la ilusión de ser una mujer segura, bella y autónoma se esconde una dependencia negada. Una dependencia estéril que evita el aspecto creativo y transformador de la relación. Ese Otro aparentemente capaz y potente con quien intenta identificarse no es en realidad continente de sus reacciones infantiles y necesidades desmedidas. Esta frustración estaría en la base de su dependencia ávida y voraz y siempre oscila entre la catástrofe y la negación.  Falsedad psíquica y desconfianza, negadas mediante gestos y motivaciones de “mover montañas”.  Se considera una persona generosa que se sacrifica por los suyos aunque cada cosa que da lo hace desde su propio interés o conveniencia. Oscila entre sus fantasías de mujer deseada y sus constantes caídas depresivas de desolación amorosa sintiéndose usada como objeto de satisfacción: ‘yo sufro porque soy la que más amo’.

En sus ataques, mareos, vómitos u olvidos, su cuerpo se desvanece sin que su posición de sujeto quede transformada, nada sabe, nada pasó, prefiere dividir el cuerpo que ser sujeto dividido. Braunstein menciona en su libro del Goce que: "la histérica va por el mundo, así, insegura de su identidad, tratando de definir quién es, cuál es su nombre propio (ese nombre propio que "le importuna"), mimando diferentes identidades que se confunden con roles (sociales, teatrales), a la pesca de lo que es deseo en el Otro para identificarse con el objeto de ese deseo y alcanzar así una identidad fantasmática […] Repitiendo permanentemente la pregunta dirigida en primera instancia a la madre: ¿qué es ser una mujer y cómo goza ella? […] ".

Sus grandes interrogantes son el deseo, el amor y el sexo, que representan un saber que no sabe, manteniendo oculta una vida sexual insatisfecha. Se plantea la ambivalencia de ser esposa santa o ‘ligera’ porque como quiere recibir todo si se ubica en una posición recibe una u otra cosa y siempre faltará algo. Así queda atrapada en una eterna insatisfacción.

La mujer Chicory puede alternadamente, consagrarse a los hombres, rivalizar con ellos, ‘hacer de hombre’, reemplazarlos cuando los considera demasiado mediocres. Con la pasión histérica que la caracteriza, Chicory puede sostener todos los discursos constitutivos del lazo social buscando regir a todos. La contradicción estriba en que, interpelando a los amos y trabajando para abolir los privilegios, reclama al propio tiempo a aquel que sería tan potente como para abolir la alteridad.

Se mueve en la ambivalencia de la provocación y la castración del otro, es exhibicionista e incita a la rivalidad y celos entre las mujeres. Necesita llamar la atención de los demás y cuando no lo logra puede perder el interés de quienes la rodean. A su pareja le exige amor omnipotente, que la adore como a una diosa, a su vez lo carga de una historia que atormenta su relación de pareja. Esta mujer -que porta atributos fálicos como fetiches femeninos: el maquillaje, la ropa interior y exterior, bijouterie exagerada- ubica a su hombre como víctima o verdugo, impotente o violador, dependiendo de si logra dominarlo o no.

Se presenta como mujer perfecta, libre de todo vicio y endilga los malos y males a otros. Quiere ocupar todos los roles, se ufana de ser madre y padre a la vez, siendo su lema predilecto: “Todo por y para ellos…”. También puede suceder que eleve a sus hijos como una extensión de su propio ego con el objeto de vanagloriar su costado narcisista: ‘mis hijos son los mejores’, para luego bajarlos de un plumazo y que sigan dependiendo de ella. Bajo una apariencia de excesiva preocupación por quienes la rodean, esconde una gran necesidad de satisfacer sus propias necesidades de afecto y cariño, obligando a otros a dárselo a cambio de sus atenciones, transformándose en seres despóticos y faltos de amor en el verdadero concepto de la palabra. Su deseo de poder y poseer los lleva a pensar que todo les pertenece, objetos, cosas, personas. Vive indirectamente a través de los demás, necesita  utilizarlos para sus propios objetivos. Superficial y sugestionable, no posee una identidad verdadera, no puede diferenciarse y le cuesta aceptar que tiene que aprender del otro.

A medida que transcurren los años se exacerba el egocentrismo y la perversión lo que provoca el rechazo de su entorno y la consiguiente soledad, tan temida. Sin embargo, sigue haciendo un uso defensivo de la fantasía, sobre todo la de salir adelante y  triunfante.

Sabemos que mucha histeria convoca a la violencia. Chicory grita pero no dice nada, la queja es permanente y el discurso puede ser alborotado, vacío y muy infantil. Nunca se sabe con qué va a venir y cuando le conviene siempre sucumbe al olvido…

En otra oportunidad veremos cómo este aspecto del arquetipo Chicory se manifiesta en su alteridad masculina.

Gabriela Ricciardelli

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Palabras claves: Flores de Bach, Chicory, Gabriela Ricciardelli

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